Monarquía vs. republica: la historia sustento de la monarquía (I/II)

Sempiterna dicotomía. Debate nunca obsoleto, sino constante y actual, al menos en España. Asunto nunca zanjado. Problema recurrente. ¿Monarquía o república? Presentamos, en dos partes (aquí el autor), un interesantísimo trabajo sobre tan importante y trascendente cuestión, en el que se aborda en profundidad la razón histórica que sustenta a la monarquía como el mejor régimen para España; la España de hoy, como la de ayer… y la de mañana.

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Ciertamente hay un debate emergente monarquía república, pero más que un debate es una eterna amenaza, que unas veces está durmiente, y otras la despiertan los ambiciosos o papanatas de turno para tener en vilo continuamente a la Nación.

Ahora parece ser que el anarquismo se ha echado a dormir su sueño eterno, pero qué pasaría si otra vez volviesen los anarcos para soliviantar al personal y plantear la disyuntiva estado si, estado no. Ellos ya han escogido su fórmula. No habrá debate, sino solo lucha para intentar imponerla. Y como éste pongo otros ejemplos, no al Ejército, no a la policía, fuera los jesuitas, abajo la Hacienda pública, abajo la familia…etc.

Un país civilizado no puede estar jugando a estos juegos harto peligrosos. En España hubo un periodo constituyente, bastante difícil por cierto para sus protagonistas y para todos los que lo vivieron en general, pero al final se consiguió algo, que si no es a satisfacción total de todos, si lo fue para una mayoría que así lo pronunciaron con su voto.

La Constitución fue consensuada, para evitar ese problema que obviamente no ignoraban los que la redactaron, de tener que estar cambiándose cada vez que cambiase el signo del gobierno, como pasaba en el siglo XIX.

La Transición española, que universalmente es considerada modélica, tuvo muchos problemas como ya he dicho, por presiones de poderes fácticos, y sobre todos por los mal nacidos de siempre que no dejaron de sembrar el camino de sangre. Pero pese a ello, se consiguió establecer las reglas del juego, el marco jurídico constitucional.

Y en dicha constitución se adoptó como forma política del Estado la monarquía parlamentaria (Titulo Preliminar, articulo 1.1)

Esto no deja de ser una trampa, de la que ya he dejado constancia en mi intervención sobre la cuestión sucesoria, pero de todas formas es lo que hay. (Me refiero a la reticencia de llamarla Constitución de la Monarquía Española, como era el precedente histórico).

El hecho de adoptarse la Monarquía como forma política del Estado tiene una razón poderosa, basada en la Historia. La Monarquía no es un capricho de unos cuantos, que cuando vengan otros cuantos y la veleta les sople para otro lado digan que hay que cambiarla.

La Monarquía es la historia de España. España es un país monárquico, históricamente hablando, y si bien el concepto de Monarquía ha evolucionado hasta el punto de calificarla como parlamentaria, precisamente eso es otra de las razones de la vigencia de ese vestigio histórico, que es capaz de adaptarse a la evolución de los tiempos.

Seria impensable, y subversivo pensar que Suiza deviniese una Monarquía. La historia de este país se ha fraguado como una confederación de estados y esa es su historia. No cabe ser monárquico, solamente respetuoso con el pasado que forma parte del país, y que es su historia: una república federal.

Lo mismo podríamos decir de otros países, todas esas repúblicas americanas que nacieron a su independencia como repúblicas, aunque algunas con orígenes controvertidos. Y si el caso de América ciertamente es un tanto delicado (piénsese en Brasil), pasemos a África, y valga lo dicho anteriormente. Todos los estados nacidos de la emancipación colonial se convierten en repúblicas. Ese es su devenir natural e histórico.

En Europa tenemos casos problemáticos, pero no voy a estudiarlos todos aunque sería interesante hacerlo como tema de otra discusión. Pero me voy a centrar en el caso francés. Francia, digo Francia, no los franceses, es un país monárquico. Se respira monarquía en su historia, en el nombre de sus ciudades, de sus regiones, de sus unidades militares, de los símbolos e insignias de sus regimientos. Quien recorra el valle del Loire no puede apartarse de la presencia de sus reyes… bueno, pues está condenada a ser una república porque tuvieron la suerte de inventar ese maldito baño de sangre que fue la revolución.

Francia está condenada a ser una república, no es una opción, es un castigo histórico, y curiosamente cuando algún político se perpetua en el poder, por muy izquierdoso que sea (ya sabéis a quien me estoy refiriendo), se le pasa por la cabeza tomarse medidas de la misma para hacerse una corona. Probablemente no lo harán nunca, pero obsérvense las formas calcadas de las monarquías. Esa Garde Republicaine superior en número a Guardias Reales como la española, los palacios, el boato, etc.

Toda esta digresión viene al caso para reafirmar mi tesis de que es la historia de cada uno de los países es la que marca como ha de ser la forma política de su estado. Y esto no se debe discutir, ni se debe elegir. Lo mismo que no elegimos la Patria en la que nacemos, ni los padres que nos hacen nacer. Los aceptamos tal como son, sean guapos o feos, pues siempre para cada uno de nosotros nos parecerán los mejores del mundo. Resumiendo: mi primer argumento en defensa de la Monarquía es, que es la historia la que la conforma como forma política.

Lo mismo que es la historia la que determina el territorio de esa Nación. Y no se nos ocurre decir, anda mira, vamos a montar España junto al lago Tanganika pues allí hace mas calorcito en invierno. El territorio está ahí, se ha ido conformando históricamente a lo largo de siglos y no se puede cambiar de sitio, …ni repartírselo entre los usuarios.

Y entrando en el tema de los calificativos, monárquicos, juancarlistas…  republicanos…  en mi opinión estos calificativos no son aplicables a las personas. Las personas no son monárquicas o republicanas, son las naciones. Cierto que el diccionario de la RAE da la acepción de persona partidaria de tal o cual sistema, pero esto nos llevaría a arrastrar con nosotros en cada uno de nuestros movimientos miles de calificativos que obviamente nos impedirían aquellos. Seremos tortilleros (porque nos guste la tortilla, no por otra cosa), cafeteros, whiskeros, peseteros (los que guarden añoranza de la antigua moneda, no los tacaños), camineros (como los peones), en fin, no voy a seguir con miles de calificativos los cuales se prestarían a broma, porque ciertamente es una broma calificarse con un titulo por el hecho de que pensemos de tal o cual manera, o tengamos preferencia por este o aquel producto.

Si yo considero que la Monarquía es el mejor sistema para España como he expuesto anteriormente, no tengo por qué calificarme como monárquico, y ni siquiera sacar un carné. Es mi forma de pensar.

Por extensión tampoco podemos calificarnos como juancarlistas. Primero porque es una contradicción capital ya que los reyes no se eligen y por consiguiente vuelvo a recurrir al símil de los padres, es lo que hay. Nos podrán parecer más o menos altos, más o menos guapos, más o menos simpáticos, pero seguirán siendo igual de Rey.

Por buscar una comparación podemos pensar en nuestro jefe en el trabajo. Supongo que no nos preocupa mucho que sea alto o guapo, o incluso simpático. Siempre que sea correcto en su puesto y sepa cumplir con sus obligaciones.

Volviendo al tema tras estos símiles familiares, en resumen de este segundo punto, mi opinión es que las personas no se califican por sus ideas o preferencias. Esos calificativos se aplican a las naciones que adoptan tales sistemas políticos.

Y pasando a otro punto, a veces estos calificativos se aplican a una mayoría, inmensas mayorías como les ha dado por decir a los de los micrófonos en la boca. (Se ha llegado a decir que en un parlamento se ha aprobado una resolución por una inmensa mayoría de… pongamos por ejemplo 325 votos contra 25 ¿Dónde está la inmensidad? ¿es que acaso no han sido medidos?)

Se suele decir, “es que España no es monárquica, porque no hay tradición monárquica, la gente no conoce la monarquía” (obviamente esto referido al año 1975), …pues no señor, en el año 1975 había gente que había conocido la monarquía de don Alfonso XIII, y que también habían conocido la república de turno. Pero ¿qué tradición republicana había en 1931 para importar una forma política del estado que el que conoció con 20 años aquella nefasta y efímera primera república (que si llega a durar un poco mas no queda español que no hubiese sido su presidente), tenía como mínimo 80 años cuando se implantó fraudulentamente la segunda de la serie?

No se puede hablar de tradición en el pueblo por que conozca una cosa u otra personalmente. El conocimiento está en los libros. Y en la historia de España.

Cuando S.M. don Juan Carlos fue proclamado Rey, ciertamente muchos españoles no habían conocido una monarquía (ni tampoco una república), pues muy bien, encantado de conocerla a partir de ese momento. Pero el conocimiento existía como ya he dicho antes, en la Historia.

En resumen: España es una Monarquía porque esa es su historia, y la historia ni se cambia ni se inventa. Y en segundo lugar, de acuerdo con esa tradición los reyes no se eligen, por consiguiente nos gusten más o menos tiene que ser el que es. Exponiendo el texto anterior en un foro se me objetó lo siguiente: “El hecho de adoptarse la monarquía como forma política del Estado, más que una razón poderosa, basada en la Historia fue porque Franco lo dejó así escrito, y así se hizo”. Frase que en efecto yo digo en el siguiente contexto: Y en dicha constitución se adoptó como forma política del Estado la monarquía parlamentaria (Titulo Preliminar, articulo 1.)

El hecho de adoptarse la monarquía como forma política del Estado tiene una razón poderosa, basada en la Historia.

Cuando yo digo que se adoptó la monarquía basándose en una razón histórica, me estoy refiriendo como puede verse en el contexto al momento que se adoptó en la Constitución de 1978.

En 1978, cuando se redactó la Constitución, el generalísimo Franco, después de haber cumplido sus ciclos vital e histórico, estaba muerto, y bien muerto, y lo que había dejado atado y bien atado, al parecer no lo estaba tanto.

Ciertamente Franco (y todos los millones de españoles que le secundaban, no vamos a dejarle sólo para las glorias y las responsabilidades) cuando derribó el régimen republicano y estableció un nuevo estado español, no se mojó, no le dio un nombre exactamente definido. Le llamó Estado Español, que ya tenía un precedente en el establecido en Francia por el Mariscal Petain, l’État français, que al caer la III republica, tampoco quiso utilizar otro ordinal para su régimen, quizás con objeto de no agotar los números. En definitiva, porque no debió considerar que era una republica.

Bueno, volviendo al caso español, Franco consideró que la República estaba defenestrada, pero no restauró la monarquía.

Como es sabido se vivió una serie de presiones por parte de sus pares militares, que en ese momento lo eran, y por otras fuerzas políticas que lo habían ayudado, al objeto de que restaurase la monarquía. Presiones a las que se sumó Don Juan, con su conocido manifiesto de Lausana, argumentado razones para que se produjese dicho hecho. Esto como es bien sabido fue uno de los hitos del enfrentamiento entre el conde de Barcelona, y Franco.

El siguiente hito, y ya tocamos el tema de la monarquía en el franquismo, fue la Ley de Sucesión de 1947. (Exactamente llamada Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado). En la misma, su artículo primero reza así: Artículo 1.- España, como unidad política, es un Estado católico, social y representativo, que, de acuerdo con su tradición, se declara constituido en Reino.

Otros artículos hablan de la constitución de un consejo del Reino, y un Consejo de Regencia, para llegar al polémico Artículo 6.- En cualquier momento el Jefe del Estado podrá proponer a las Cortes la persona que estime deba ser llamada en su día a sucederle, a título de Rey o de Regente, con las condiciones exigidas por esta Ley, y podrá, asimismo, someter a la aprobación de aquéllas la revocación de la que hubiere propuesto, aunque ya hubiese sido aceptada por las Cortes.

Ante esta ley (que instauraba una monarquía electiva por el detentador de la Jefatura del Estado), Don Juan, conde de Barcelona volvió a manifestar su repulsa con un escrito que obviamente no tuvo difusión en España.

Es decir que Franco había instaurado la monarquía (aunque dejaba la posibilidad de que la jefatura del Estado estuviese ocupada por una sucesiva serie de regentes, no de sangre real, que se podrían seguir sucediendo por designación de uno a otro indefinidamente). En caso de que la persona designada fuese de estirpe regia, la corona se transmitiría hereditariamente aunque las hembras no podrían reinar.

¿Supongo que no pensaréis que la actual monarquía española es la que salió de esa ley que Franco dejó escrita y firmada?

Bueno, pues tras la promulgación de esa ley, cuya existencia en España casi todo el mundo ignoraba, excepto la clase política, pasaron muchos años sin que se aplicasen los artículos de la designación del sucesor.

Entretanto (1948) Franco y Don Juan pactaban la educación de don Juan Carlos en España, en lo que aunque con diferencias es en lo único que llegaron a un acuerdo, pues don Juan, con un acertado criterio como padre y como patriota, sabía que tenía que aceptar esa baza aun corriendo el riesgo que conllevaba y que en efecto se hizo realidad.

Don Juan Carlos cursó sus estudios en España, con un régimen especial, pero sin que hubiese una definición de su estatus. Se casó, se le asignó el Palacio de la Zarzuela como residencia, siguió su estatus especial, pero Franco seguía sin aplicar el famoso artículo de la ley de Sucesión, y seguía sin enseñar las cartas.

Las cartas de acuerdo con la citada ley, que marcaba las condiciones para el candidato de estirpe regia eran varias y obviamente todas descabelladas siempre que no se tratase de don Juan (bueno, corrijo lo de descabelladas: ilegitimas. Y aún la de don Juan, también era inaceptable para éste, pues consideraba que él no podía ser un rey electo).

Los posibles candidatos podían ser estos (quizás podáis añadir algún nombre más):

Don Juan, conde de Barcelona
Don Juan Carlos y su hermano don Alfonso
Don Javier de Borbón Parma
Don Carlos Hugo y su hermano Sixto
Don Jaime de Borbón y Battenberg, duque de Segovia, que no murió hasta 1975
Sus hijos don Alfonso de Borbón Dampierre y don Gonzalo

En fin, cualquiera, aunque los carlistas no cumplían el requisito de tener la nacionalidad española e hicieron miles de intentos y subterfugios para obtenerla. Obviamente si Franco los hubiese querido elegir se la hubiese concedido.

Entre todos estos candidatos, quizás los que tenían más posibilidades eran don Juan y su hijo Juan Carlos, pero obviamente esto lo decimos a toro pasado. Porque se ha dicho que Franco también acarició la idea de su yerno nieto, bueno el marido de su nieta Carmencita, don Alfonso de Borbón Dampierre, aunque ha de tenerse en cuenta que cuando se produjo la boda, 1972, ya estaba designado don Juan Carlos. Lo cual no quita que en aplicación del artículo sexto pudiese revocar su nombramiento.

Bueno, pues se fue fraguando el proceso de la designación del candidato, que unos llamaron Operación Príncipe, pues don Juan Carlos era el favorito de Carrero Blanco, y de cuyas vicisitudes hay dos libros interesantes sobre el tema: La larga marcha hacia la monarquía, de Laureano López Rodó y La monarquía por la que yo luché, de Gil Robles.

En el verano de 1969 será designado sucesor don Juan Carlos y se le otorgará el título de Príncipe de España, pero téngase muy en cuenta que ese mismo año, en la primavera ha muerto en Lausana la última reina de España, doña Victoria Eugenia, quien el año anterior había visitado España con motivo del bautizo de su bisnieto el príncipe don Felipe (bueno príncipe de Asturias hoy día, en el momento de su nacimiento no lo era). Del que doña Victoria Eugenia fue madrina de bautizo.

Designado el sucesor. Crisis familiar. (Un interesante tema a estudiar). Se le otorga el titulo con oscuros precedentes históricos de Príncipe de España. Se le asignan funciones como sucesor en la Jefatura del Estado, aunque con la espada de Damocles siempre pendiente sobre su cabeza, de que si no lo hacía a satisfacción del designador podía ser despedido.

Todo esto es la monarquía que había instaurado Franco (no creáis que me he ido del tema por las ramas). Don Juan Carlos asume las funciones de Jefe del Estado interinamente durante la enfermedad de Franco en 1974. Se le descarga de dicha función por el método del motorista. Se le vuelve a ofrecer cuando Franco entra en su fase final de la enfermedad. Jefatura del Estado interina y condicionada con los problemas que conllevaba…y se produce el hecho sucesorio.

Franco muere, y don Juan Carlos es proclamado Rey (Jefe del Estado), porque Franco lo dejó así escrito y así se hizo.

Pero lo que estaba atado y bien atado empezó a desatarse. Franco había promulgado una ley Constitutiva de las Cortes en 17 de julio de 1942, y obviamente las Cortes que se convocaron en 1977 no pueden considerarse que sean las mismas que las del año 1942. Herederas sí, pero no las mismas. Pero sin salirme del tema de la Corona, se abre un proceso constituyente aunque no se proclamó así al convocar las Cortes. Se inicia el proceso de transición que ya califiqué anteriormente como modélico universalmente pero que tuvo muchos problemas (y repito textualmente lo dicho anteriormente) por presiones de poderes fácticos, y sobre todos por los mal nacidos de siempre que no dejaron de sembrar el camino de sangre (obviamente me refiero a los que asesinaron). Pero pese a ello, se consiguió establecer las reglas del juego, el marco jurídico constitucional.

Y de este marco jurídico constitucional, es decir la Constitución (con la trampa de no decir claramente qué constituía), se adopta la monarquía, como forma política del Estado (artículo 1.3 de la Constitución).

Sobre la gestación de la Constitución, hay publicaciones que refieren las sesiones y cómo se produjeron los debates. Yo he tenido alguna en mis manos pero no tengo anotadas las referencias. En los debates se tragaron sapos y culebras. Santiago Carrillo se atragantó con los cetros y coronas, y comiéndose el morado (no el marrón) de la bandera. Todo eso lo hizo por transigir, por patriotismo (cosa que admiro) y para que otros se tragasen toda la sangre de Paracuellos que obviamente también podía ahogarlos a ellos. Ahora los comunistas, pese a esas invocaciones a la memoria, se olvidan de esto y se vuelven atrás: no queremos corona ni bandera nacional, bueno, pues volvamos todos atrás y si ellos no aceptan la parte de su compromiso, tampoco los demás queremos ceder lo que se concedió en el trueque y que se vuelvan a esconder en las cloacas de la clandestinidad. En general casi todos los partidos políticos se comportaron correctamente transigiendo en la transición.

Pero entonces, para los que vivieron aquella época, reinó la armonía. Ahora que recurrimos a las canciones retro, fue la época de la canción del Grupo Jarcha, “libertad sin ira”.

Y de este consenso, con obvias tiranteces, es de donde nace el espaldarazo a la Monarquía. Que era un hecho consumado, cierto. Pero no hubiera valido si no hubiese tenido dicho respaldo, y obviamente la Monarquía que nace de la Constitución no era ni con mucho la que había instaurado Franco. Al rey se le recortan ciertos poderes, que lógicamente como rey constitucional no debe de tener, pero que marca la diferencia de que no era el rey de Franco.

Otro problema que se planteó es que si en efecto se restauraba la monarquía (en este caso yo considero que ya hay que hablar de restauración), el rey debería de ser don Juan. Pero el conde de Barcelona, muy sabiamente y con gran sentido del deber y del patriotismo, en el año anterior, había abdicado sus derechos en su hijo, cuando consideró que la monarquía que había empezado a rodar, y que iba a ser respaldada por la Constitución, no era la de Franco. Obviamente plantear sus derechos hubiese sido un grave problema, pero el hecho de renunciar a los mismos es un gesto que creo que todavía los españoles no han sabido valorar en su justo valor. Pero ahí queda la HISTORIA, esa señora que con frecuencia evoco, y que además de marcar pautas de comportamiento sacadas de sus archivos, encima nos juzga a posteriori. Es como una providencia laica.

La Constitución española de 1978, en la que obviamente el generalísimo Franco no participó, dice en su artículo 57.1: La corona de España es hereditaria en los sucesores de S.M. don Juan Carlos I de Borbón, legitimo heredero de la dinastía histórica…

Es decir que con esto se restauraba la monarquía histórica, designando como detentador de la Corona a don Juan Carlos, que desde el año anterior, por renuncia de su padre, era el legitimo heredero de la dinastía histórica.

Después de todo lo dicho, quiero resaltar que esto que estamos tratando es el debate Instauración- Restauración. Yo dije que la Monarquía fue restaurada (razón poderosa basada en la historia…), y se me ha corregido diciendo que fue Franco el que lo dejó escrito.

Ciertamente Franco instauró una monarquía muy sui generis, pero con los dos hechos históricos de la renuncia de don Juan a sus derechos, y la promulgación de la Constitución, se procede a una Restauración de la Monarquía histórica (razón basada en la historia).

Para esclarecer un poco más lo expuesto, a continuación adjunto un texto sacado del reciente libro que ha publicado Carlos Sentís: Seis generaciones de Borbones y un cronista. En el último capítulo le hace una entrevista a Marcelino Oreja y en ella entre otras cosas exponen lo siguiente (para los no españoles aclaro que Marcelino Oreja es un político, que de 1976 a 1980 fue ministro de Asuntos Exteriores, y luego ha trabajado en el Consejo de Europa).

Marcelino Oreja

Marcelino Oreja: “…En un momento tan delicado como aquél y en ese escenario (discurso ante las Cortes el 22 de noviembre de 1975), en presencia de toda la representación del régimen anterior, don Juan Carlos tuvo la oportunidad y el valor de hacer un discurso que miraba hacia el futuro y apuntaba ya los cambios que habían de producirse, eso sí, desde la ley y a través de la ley a una nueva ley que sería la Constitución, como dijo Torcuato Fernández Miranda. Yo creo, que toda la transición está impresa por esa idea de que era necesario un cambio radical, una transformación del régimen autoritario a un nuevo régimen democrático, pero yendo de la ley a la ley, desde el respeto a las leyes existentes a unas nuevas leyes en que la soberanía reside en el pueblo. En este sentido me parece también necesario recordar ahora que a la muerte de Franco estaba ya establecida la legalidad con un sistema monárquico y estaba designada la persona que iba a ocupar el trono. De no haber sido así, las cosas hubieran sido mucho más difíciles. Y el rey asumió su papel desde el primer momento con respeto a la situación anterior, pero también con determinación para introducir los cambios que la nueva circunstancia exigía. Y lo hizo con prudencia, sin trauma alguno, preparando el futuro que tendría sus puntos culminantes en la ley de reforma política primero y en la Constitución después y por supuesto más tarde, en un momento excepcional como fue la noche critica del 23 F. Pero en todo caso lo que quiero destacar es cómo el rey asume todos los poderes del anterior jefe del Estado y con gran prudencia deja de ejercerlos hasta que la Constitución, le reconoce los poderes que corresponden a un rey constitucional”. (La negrita es mía)

Carlos Sentís

Carlos Sentís: “Hablando de la Comunidad Europea, fui durante años corres­ponsal en Europa y vi la España monárquica desde un observa­torio privilegiado. Mucha gente cree que la monarquía es una institución anticuada y anacrónica. Sin embargo, pienso que existen formas y gestos antiguos y formas modernas. Quisiera subrayar el hecho de que en Juan Carlos no hay maneras anti­guas, no hay corte, ni ambiente palaciego, ni palacio… Por tanto, su monarquía se asemeja a las escandinavas. Es una monarquía popular, llamada a veces república coronada. Y aunque algunos crean que la Unión Europea, que es tan moderna, no encaja con la monarquía, yo más bien opino lo contrario”.

Marcelino Oreja: “Yo creo, en primer lugar, que el rey ha roto un molde de lo que algunos imaginaban que podía ser la monarquía en España.

Ha ido creando las bases de una institución restaurada que res­pondiera a la España de su tiempo. La monarquía en 1931 había atravesado muchas dificultades y traumas a lo largo del primer tercio del siglo XX. El rey Juan Carlos no utilizó referencias ante­riores, sino que desde el ideal monárquico buscó, con el respaldo de las fuerzas políticas, aunar a los españoles ejerciendo un poder moderador.

Recuerdo al respecto el discurso de Luis Gómez Llorente en nombre del Partido Socialista, para mante­ner su voto particular ante la Comisión de Asuntos Constitucionales, a favor de la República, en donde afirmó al final de su exposición: «Si democráticamente se establece la monarquía, en tanto sea constitucional, nos consideramos compatibles con ella». La función de la monarquía es precisamente el ejercicio de ese poder moderado. De no haberse restaurado una monarquía, la transición hubiera sido diferente, mucho más difícil, porque el rey facilitó enormemente el cambio del que él fue la clave del arco de la operación. Y fue una gran sorpresa, especialmente en el extranjero, porque no se entendía que pudiera restaurarse una monarquía en pleno siglo XX. Se entendía que viejas monarquías pudieran subsistir, pero no que se restaurara una monarquía des­pués de tanto tiempo y sobre todo después de acontecimientos como una república, una guerra civil y una dictadura. Era algo impensable, que sin embargo se comprendió fuera de nuestras fronteras en cuanto se vieron los primeros pasos del rey, su apro­ximación a la realidad de su tiempo, su relación con las fuerzas sociales y políticas, tanto nacionales como internacionales. Tuve el honor de acompañarle a sus primeros viajes de Estado, en que recorrió buena parte de Europa, África, América, además de China y Japón. Pero sobre todo quiso visitar la América His­pana. El rey es un gran americanista. A lo largo de los años ha asistido a muchas transiciones de poder en aquel continente y ha participado en todas las cumbres iberoamericanas y eso le da mu­cha autoridad y le proporciona mucho conocimiento”. (La negrita es mía)

(Fin de la primera parte)

 

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